OPINION

OPINION

Chihuahua, Chih..-  Cuando llegó a mis manos la novela Amor de mis amores de la escritora Rebeca Orozco, atrajo mi atención de manera irresistible. La leí y me fascinó.

Cuando llegó a mis manos la novela Amor de mis amores de la escritora Rebeca Orozco, atrajo mi atención de manera irresistible. La leí y me fascinó.

Se trata de uno de esos libros donde uno se encuentra, aunque esté ausente. La causa es sencilla: fui el cuarto hijo del cácaro del cine Alcázar de Camargo; por ello, amigo natural del cine. Aprendí el oficio de proyectar películas con dos grandes aparatos accionados alternadamente; aprendí también a embobinarlas y enlatarlas para que siguieran su camino por la arrugada orografía de México. Todo eso en una caseta impregnada de olor a celuloide y a carbón incandescente, entre las líneas de cobre de alta tensión eléctrica.



Recuerdo que frente a mi casa, en la Perla del Cochos, se alzaba el templo consagrado a la virgen de Guadalupe. En sus puertas, el sacristán Fabian pegaba las listas de las películas del momento y su clasificación —le llamaban la censura cristiana— permitiéndome de manera instantánea disipar las dudas sobre mi selección. Ajeno a todo azar, siempre escogí las proscritas; actuaban como poderoso imán, y, aunque las veía todas pues tenía la entrada gratuita a la sala, también me movía, en parte, entender a los censores a quienes consideraba como guardianes con el privilegio de verlo todo y el despropósito u osadía de prohibir lo más deseable. Mucho antes de leerlo en un texto de época de Luis Cardoza y Aragón, lo escuché en el atrio del templo ya de boca del cura o ya de alguna señora mayor, ambos enlutados: “La ciudad de México es una; la nación es otra. La capital miente siempre”; es la sede del pecado.





No era cierto; la capital nos enviaba sus verdades, no en alas de los criterios de la epistemología, sino como la proyección y demostración en pantallas de plata de que ya éramos otros. Así, si queríamos comprendernos, teníamos que vernos en el espejo de un complejo desarrollo económico y de urbanización avasalladora de la sociedad tradicional, mostrada por el cine, de manera magistral, la novela y todas las expresiones posibles del arte producido en aquel tiempo y sobreviviente hasta ahora. Así, todas las ciudades tenían su unicidad y juntas éramos la nación en la que también el mundo rural e indígena tenía su sitio.



Sin negar la pluralidad cultural de nuestro país, la realidad se imponía: cada vez más el cine nos ofrecía una gran ventana para vernos y para observar el mundo en el que ya vivíamos y que sería el hábitat indiscutible que nos abrigaría. Aun sin comprenderlo —me sitúo a mediados de los años cincuenta del siglo pasado—, sabíamos que todo cambiaba, que el río de Heráclito fluía incesante y que las aguas que nos bañaban hoy, ya no estarían mañana. Nunca. La carreta tirada por mulas era sustituida por vehículos automotores; el arado tradicional por el tractor; la moral tradicional por una vida en que lo sagrado se sustituía por lo profano —más cuando era delicioso— lo confesional por lo secularizado, y el amor, con su historia cambiante en tiempo y espacio, se lanzaba incontenible por avenidas sin semáforos.



El cine que vimos aquellos años terminó con muchos mitos. Esos mitos desaparecieron, como materias evanescentes y, al mismo tiempo, se crearon otros que hoy surgen y resurgen en el desarrollo persistente de nuestra cultura.



En ese mundo brilló el talento de Roberto Gavaldón y lo mejor de las cintas que realizó como director. No sobra aquí decir que hablo del Roberto Gavaldón nacido en Jiménez, Chihuahua, y a quien las batallas de la Revolución mexicana desplazaron, siguiendo a sus mayores desde muy pequeño, primero a Torreón, donde no encontraron la paz acostumbrada por la familia; luego a la ciudad de México, y, finalmente, a Los Ángeles, California, de donde regresó para convertirse en el gran director que fue.



La novela de Rebeca Orozco narra ese largo viaje y la historia de la familia y sus fusiones posteriores; constituye la rica harina y la levadura que amasó la pasta de la novela desde el momento mismo en que se fundó el Estudio Café, escena que junto con los Estudios Azteca son parte de una arcadia cinematográfica, de un momento estelar del cine mexicano.



La novela alcanza un brillo superior cuando retrata las vidas, aparentemente sencillas, de quienes existieron y convivieron en esos lugares. Me atrevo a decir que Rebeca Orozco actúa como el notario público escrupuloso que da fe de cuanto escuchó a sus ancestros —a sus abuelos Perico y Queta, a su padre José y su bella esposa Bequi, a su tío Roberto el ogro y a todo el círculo familiar y de amigos— y que probablemente se habría perdido sin su narrativa. Rebeca Orozco no nos presenta un libro de historia, sino algo mejor a mi juicio: la novela de los Gavaldón y el cine, del Estudio Café vivo al lado de los Estudios Azteca; el desfile inagotable por sus mesas y cocinas, por las cavas de los directores, actores, actrices con rango de de divas y diosas y toda la cauda de trabajadores que hacen posible la realización de una película. Toda una proeza.



La novela se eleva entonces y atestigua las inmensas posibilidades de este género literario: la capacidad de recrear un espacio histórico, recogiendo sus mejores símbolos, acudiendo a los arquetipos que revela; la aptitud para domesticar el espíritu de una época, con sus sabores y sinsabores, con sus contradicciones, con sus irrupciones azarosas, con sus veleidades, hasta editarlo, haciendo un corte escrupuloso y preciso que permite mostrarlo, sin privarlo de movimiento, ni de actualidad. La novela fue, pero permanece; la novela congela la historia, pero la vuelve perpetua.



Perico nació en Puebla; Queta, su gran amor, en Chihuahua. Juntos emprenden una gran lucha por la vida que se pone a prueba cuando el propio restaurante entra en competencia con otro de corte exquisito y francés, pero sobre todo cuando se incendian los estudios cinematográficos que dejan a Perico con una profunda pérdida de memoria que lo regresa a la niñez, a la hacienda poblana donde su padre fue administrador, y que lo conduce a olvidar lo esencial de su vida: el gran amor por su querida y admirada Queta.



La novela abre sendas a varios territorios; todos ellos interesantes y complejos. De pronto, Roberto Gavaldón es capaz de golpear a un periodista, Domingo Soler surge de La Barraca, inspirada en la obra hoy preterida de Blasco Ibáñez; vemos estampas de Jorge Negrete, Pedro Infante, Luis Aguilar, Tongolele, María Félix y Salvador Novo; envidiamos los piropos de Hugo del Carril; asistimos a una serenata con el mariachi Vargas de Tecalitlán o el Trío Calaveras; huimos de los desmanes de Armando Soto la Marina, el Chicote. Advertimos la pluma magistral de José Revueltas y la música de Lavista. De pronto, estamos en el paraíso del salón Los Ángeles, capital del danzón. Muchas cosas más suceden en el microcosmos existente en un pequeño espacio de la ciudad de México, mucho antes de que se convirtiera en la megápolis que es hoy.





Rebeca Orozco se detiene en los entretelones que condujeron al matrimonio de José Orozco Gavaldón y Bequi, padre y madre de la escritora. Nos describe la azarosa comunicación y los errores crasos de los mensajes amorosos que finalmente no engañan al dios Eros. Bequi derrota a Tongolele. Es la oportunidad para pasar del concepto ósculo al más carnoso beso, de negar escéptica al dios cristiano enfatizando que se puede no tener miedo al niño Jesús, porque se venera al sagrado corazón, de escuchar al ardiente Díaz Mirón y cambiarlo por Amor de mis amores de Lara, y para ver distante la canción de Alfonso Esparza Oteo Un viejo amor, que a mí todavía me hizo mella.

La novela está trazada, por decirlo de alguna manera, con el modernismo preciosista de Lara, desafiante de la doble moral burguesa, recoveco melódico que lleva a la euforia sensual de la piel desbordada y desbordante; casi pueden sentirse los acordes de la canción de Lara cuando se visita la novela.



Escuchamos, en calidad de sentencia, cómo se declara que “al final, la moral se endereza”, cuando en un lecho de muerte se firma un contrato de matrimonio con un hijo previo de por medio, o los temores prevalecientes a tener lo que se conoce, bajo la sacrílega denominación, como la noviecita santa. El Estado se devela —corrupto— en el rostro del inspector mordelón.



Frente a una imaginaria rivalidad amorosa, el despechado no golpea el rostro de Jorge Negrete porque ya no le pertenece, “es de la nación” y, por tanto, intocable. Algo así como el petróleo que expropió Cárdenas.

También está presente el incipiente derecho a decidir la cantidad de hijos a procrear: la madre de Perico tuvo 16, casi los suficientes para formar un sindicato. Un día dijo “ni uno más” y esa decisión le costó la vida. Era la época de Canoa, antes de Canoa.



En el texto hay figuras maravillosas que producen embriaguez, como cuando nos dice Rebeca Orozco: “se pasa el peine como si quisiera llevarse con él sus pensamientos, pero solo logra alaciarlos”. Todo esto lo lee uno evocando la música y letra de un buen bolero. No están ausentes ni los mercados, ni los refranes, ni el rapto, ni las cartas de amor, ni las putas, ni los establos, ni los besos daneses de larga duración, inventados en México.



Pero de entre todo este gran manojo de sucesos contenidos en la breve novela de Rebeca Orozco, me quedo en esta ocasión con la amnesia en la que cayó Perico, luego del incendio de los estudios. Desconoció a su gran amor, a sus hijos.





Cuando se casó Roberto Gavaldón, no reconoció al novio. Su olvido profundo lo hace emprender un viaje hacia el pasado, a la tierra primigenia, hacia la hacienda porfiriana y la niñez de Pedro Orozco. La familia se duele. Él se olvidó de todos y de todo. Pero continuó viva la flama del amor, nunca se decantó en el estado de coma. Su esposa Queta se empecinó en demostrarle a la adversidad que no tiene la última palabra y se empeña en los recuerdos. Ella abre los baúles de la familia; recibe a los hermanos géminis, peritos en el juego de dominó, practicado con los ojos tapados y aplicando un raro método braille.Sin saberlo, los hermanos gemelos son puntillistas al estilo de Seurat. Hasta que su terquedad hace decir al paciente del olvido: “hay señora Queta, me cuida tanto que me estoy enamorando de usted”.



Amor renacido que culmina en una nueva boda, previa a la recuperación completa de la memoria de Perico, cuando creyó que asesinaban a su hijo en el propio restaurante, como un milagro de la cinematografía. Dolor y gozo, y la emblemática orden de… ¡Corte!... hizo el milagro.



Contrario a lo dicho por André Breton, aquí el amor no se desgastó, como el diamante, en su propio polvo; salió intacto de estos descarríos. La vida falló, pero también la vida sembró lo necesario para el resurgimiento de un amor profundo.



¿Por qué?



Rebeca ofrece dos respuestas, ustedes que me escuchan escojan la que más les convenga para conversar con el amor se sus amores, aunque ya no lo tengan a la mano:



“…los recuerdos, duelen pero no debemos permitir que se desvanezcan…” o: “lo cortés no quita lo caliente”.



En Amor de mis amores, por eso, todos envejecieron, como sostuvo José Emilio Pacheco, salvo la abuela Queta que vive con Perico en las páginas de un libro memorable que, sin duda, el mejor homenaje que debe recibir es leerlo. Gracias

Jaime García Chávez.



Comentarios